Veinte años en Alemania

El año 1998

En verano de 1998 fui a Alemania para estudiar. Mi idea era estudiar dos años más para perfeccionar el alemán y luego volver a Cataluña para trabajar como profesora de alemán.  En esa época no podía prever que esos dos años se convertirían en 2105 en diez años siendo autónoma, y ahora en veinte años con una fantástica familia con dos hijos.

Carrera profesional

Junto con mi vida privada, también se fue desarrollando mi carrera profesional, que se ha dado prácticamente en su totalidad en Alemania. Solo coticé un año en la Seguridad Social española, antes de irme a Alemania. Primero fueron cinco años en Dresde, Sajonia, donde di sobre todo clases de español en escuelas de formación profesional y para adultos, y después en Múnich (a partir de 2003), donde me he convertido en lo que soy profesionalmente: traductora, autora, correctora de textos y profesora, aunque hoy en día doy muchas menos clases que antes.

 

¿Cómo me he adaptado a la cultura alemana?

Tantos años en Alemania dejan sus huellas, y por eso me he adaptado en muchas cosas que no son normales en mi país. Hay muchas cosas que me parecen muy bien y que las hago con toda naturalidad:

  • Los zapatos. Aquí, cuando uno llega a casa de alguien, se quita los zapatos fuera. También se hace en las escuelas. Mis hijos tienen dos pares de zapatillas en la escuela: un par para las horas de clase, y el otro par para el comedor, donde pasan la segunda parte de su jornada después de las clases, para comer y para hacer los deberes.
  • La jornada. Aquí el día empieza muy temprano, y todo está organizado sin pausas largas. Esto significa que se trabaja hasta las cinco o las seis de la tarde, con lo que todo el mundo tiene más tiempo para terminar el día.
  • La «Schultüte»: Es este cucurucho que se ve en la imagen de esta entrada. Lo llevan los niños llenos de regalo el primer día de clase de primero de primaria, y marca el comienzo de su «carrera» como escolares. Como tenemos dos hijos, ya pude ver esta fantástica costumbre dos veces.
  • El tiempo de descanso después de las 20:00 h. Los reglamentos de los bloques de pisos bien valen una entrada a parte. Lo que quiero resaltar aquí es el valor que se da aquí al descanso de los vecino.
  • Brindar. En el brindis alemán, es obligatorio mirarse a los ojos cada vez que brindas con una persona. Al principio era algo muy raro para mí, pero encuentro que la idea es muy bonita: todos tienen que tener en cuenta a todos, nadie se deja de lado.
  • El querido semáforo rojo, los carteles en la calle de que hay niños por la calle (esto tiene que ver con el hecho de que aquí los niños empiezan a ir solos por la calle cuando va a la escuela). Y también las multas. Sí, hace muchos, muchos años, tuve que pagar cinco euros por haber pasado un semáforo en rojo de noche. Aunque no había apenas tráfico porque era de noche, la policía me pilló. No olvidaré nunca ese momento :-)
  • La separación de residuos. Algo que hacemos en casa evidentemente, con los correspondientes cubos. Con los años he visto cómo mis padres lo iban adoptando también, y como se transformaban las ciudades con los diferentes contenedores de colores.
  • La puntualidad, también para encuentros privados, y por supuesto, en los transportes públicos. Yo ya era puntual siendo adolescente, y tenía que esperar muy a menudo a mis amigas. La puntualidad que se practica aquí con normalidad casa mejor con mi carácter, sinceramente.
  • El parpadeo de los ojos cuando dices «hola» o saludas a alguien. Me parece fabuloso cómo los alemanes siempre parpadean los ojos para decirte hola. Yo todavía no lo sé hacer y creo que no lo voy a aprenderlo nunca, pero agradezco que me lo hagan :-)
  • Los cumpleaños aquí no se felicitan nunca antes de la fecha. Da mala suerte. Es una superstición curiosa, pero es así.
  • El pan. El pan alemán. No podría vivir sin él.
  • Como soy madre, mi marido y yo hemos disfrutado de las ventajas de la política familiar de los gobiernos alemanes, sobre todo después de las reformas de Ursula von der Leyen como ministra para la familia, actualmente ministra de defensa.
    Pero a pesar de que me he integrado bastante bien en la sociedad alemana y que me encuentro muy bien en este país, hay algunas cosas que no he cambiado. Por suerte, la siguiente lista es más corta que la primera:
  • Mis apellidos, que he mantenido. Sigo sin entender por qué las mujeres alemanas renuncian a su apellido cuando se casan. Las mujeres no somos niños. Si los hombres lo hicieran en la misma medida como lo hacen las mujeres, de acuerdo, porque la razón objetiva es que la gente aquí solo tiene un apellido y no dos, y en caso de tener niños, estos reciben el apellido común. Pero aunque la ley permite a los dos cónyugues cambiar su apellido por el del otro, el cambio lo siguen haciendo en un 90% las mujeres.
  • Agua sin gas. No me gusta nada el agua con gas, la mayoritaria aquí. Y lo encuentro bastante contradictorio: Alemania tiene una de las mejores redes de agua del grifo del mundo, y sin embargo este tipo de agua aquí se detesta.
  • Café de filtro con nata. No, por favor… A mí que me den un buen cappuccino o un café con leche. Cuando viví en Dresde, hace unos veinte años, solo había café de filtro con nata. Pero desde entonces el panorama de cafés en Alemania ha cambiado mucho y a mejor.
  • Comidas dulces. Mi primer contacto con Alemania fue con 17 años en unas ferias de verano en Bremen. No olvidaré nunca cuando un día de esas dos semanas, y además a las 13:00 h (¡tan pronto!) nos dieron una sopa de color rojo para comer a mediodía. Luego supe que se trata del plato «rote Grütze», que se hace a base de frutos rojos como las frambuesas.
  • El trato de usted. En mis primeros años de vivir aquí trataba de usted a todo el mundo, porque me costó muchos años entender cuándo se puede ofrecer el trato mutuo del tú. Por suerte, el trato de usted está cambiando bastante y no es tan rígido como cuando yo llegué. Y además, ahora tengo veinte años más y soy una señora respectable :-)

2 thoughts on “Veinte años en Alemania

  1. Lisa Graf-Riemann

    Ah, sehr interessant, Montserrat! Danke für diesen Einblick/Rückblick! Freut mich, dass die positiven Dinge in deiner Liste eindeutig überwiegen. Vielleicht ist der Kulturschock nicht so groß, weil du Katalanin bist und der Nordosten Spaniens uns eben schon irgendwie, nicht nur geographisch, näher ist. Ich kenne mich ja ein bisschen aus, deshalb kannte ich die meisten Unterschiede schon. Was mir noch nicht bewusst war, ist die Sache mit den süßen Hauptspeisen, also den Mehlspeisen, wie wir im Süden sagen. Demnach waren meine beiden Kinder auch geborene Spanier, denn wenn es bei uns Pfannkuchen gab, ging mein Sohn immer gleich an den Kühlschrank, belegte sich den Pfannkuchen mit Salami und strich Senf darauf. Süße Hauptspeisen wurden fortan sehr schnell nur noch als Nachspeisen serviert. Ansonsten trinke ich Leitungswasser oder Mineralwasser sin gas, bin verrückt nach café con leche und cortado – das erste, was ich bestelle, wenn ich in Spanien bin – und trage einen Doppelnamen. Ging leider damals nicht anders. Man musste sich, als ich geheiratet habe, für einen einzigen gemeinsamen Ehenamen entscheiden. Aber das hat sich ja, zumindest vom Gesetz her, inzwischen geändert. Un abrazo!

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  2. Montserrat Varela Navarro Autor

    Hallo Lisa,

    klar sind die positiven Dinge viel länger! :-)
    Wie man sieht bei Dir und vielen Anderen, ändert sich auch Deutschland unaufhörlich, und außerdem ist es gut so, dass jede(r) unterschiedliche Geschmäcker hat.

    Pfannkuchen essen meine Kinder auch zu Hause mit Käse und Schinken, und Wasser mit Köhlensäure mögen sie nicht :-)

    Un abrazo, una abraçada!

    Montserrat

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